Memoria derramada

 

Autor: Hakeem Reddie

 

Fue cansado limpiar esa cochambre pegajosa que se rehusaba a salir de los mosaicos, de las paredes y del aire. Juntar las telas y las cajas, los papeles y las figuras de cerámica, muebles inútiles y vidrios rotos. Todo esto con la mayor rapidez posible: era necesario limpiar la casa antes de que apareciera el moho.

Es triste recordar la desolación que dejó el río tras su galope por la colonia, muchos y valiosos recuerdos fueron cubiertos de asquerosidades. De las pocas cosas que se habían quedado en la planta alta no quedaban más que los destrozos de su embestida.

 


Recuerdo esa noche. Nos mirábamos inquietos mientras cenábamos unas tostadas que mamá preparó. El silencio vidrioso presagiaba desgracias. A lo mejor sólo éramos pesimistas. Entonces lo escuchamos. Una sorda caída en el agua. ¿Una? No. Fueron como tres continuas. La puerta de la sala abajo chirrió como si la hubieran abierto.

Si eran ladrones ya no encontrarían nada de valor. Durante las noches anteriores llovió durísimo, y el agua comenzó a llegarnos hasta las rodillas. Todos teníamos miedo, menos papá.

– ¿Qué miedo van a tener? Si apenas es un charquito. Y tenemos dos pisos. Si nos vamos nosotros es porque a todos los demás se lo llevó el carajo.

Mi mamá se persignó, a fuerza de creerle. Claudia, mi hermana, temía no ir a la escuela para ver a sus amigas, igual de odiosas que ella. Aún así, papá subió algunas cosas, el resto lo dejó encima de mesas, sillas y repisas altas.

Víctima de un impulso ajeno, regresé corriendo a la casa, pensando que mi deber era defender mi hogar”

– Mucho hice escuchando sus lloriqueos, ya está a salvo lo más importante, namás quedan puros tiliches viejos que tu mamá guarda no sé pa’ qué. Si los quieren llevar p’arriba, allá ustedes. Vano esfuerzo porque de aquí no pasa –decía mientras hacía señales con el índice, como si le estuviera dando de comer a los patos sucios que rondan la laguna. Ese día papá se fue. Perdido en ríos de borrachera.

La que más me enojaba era Claudia. Que si le subía ropa, que unas libretas, unos discos de colección, un cargador. Terminó dándome una lista para después irse a tirar piedritas en el agua. Mamá me suplicaba que fuera por los álbumes de la familia, por la máquina de coser Singer que tenía la esperanza de mandar a arreglar, por las fotos sueltas, los retazos de tela, recuerdos de las vacaciones, regalos de los familiares. Mamá no podía acompañarme, su reuma se intensificaba por la humedad. Solo, bajé al primer piso, con lentitud.

El agua era fresca, llegaba a la cintura. Fui dando pasos cortos, aterrado por la idea de una cintilla de agua. Ya confiado di pasos más largos. Me hizo recordar cuando fui con mis amigos a Los Delfines a mojarnos un rato. Ese día fue Lupita, con un traje de baño que nos desviaba la mirada y los pensamientos.

– Está bien buena la Lupita, mira namás qué curvas –dijo Alejandro, y yo reía de verlo babeando.

Ver la casa llena de agua me dio una sensación de irrealidad. Estas cosas no deberían pasar. Traer a la mente los recuerdos de mi infancia y asimilarlo a un espacio tan húmedo, daba miedo. Los dedos me temblaban como cuerdas de guitarra, no logré subir mucho: casi todas las cajas se habían sumido al agua, y las que flotaban eran muy pesadas para mí. Mamá lloró la pérdida.

Al escuchar el alboroto de abajo no temíamos robo, pues nada nos quedaba. En ese momento Claudia perdió la cabeza. Mamá estaba por seguirle. Yo esperaba que cayera una idea del cielo. Claudia nos daba una lista mental de lo que podrían estar haciendo, de cuántos eran y lo que podrían hacernos. Mamá buscaba poner orden. Fui a la cocina y agarré el machete.

– No estás para jugar al héroe –se burló Claudia.

– Vamos con doña Carmen –dije, ya que siempre la vi como un ángel protector.

– Tú lo que quieres es verle las piernas peladas a su hija.

- ¡Deja de decir idioteces y di algo útil!

Mamá hizo un ademán conciliador y nos jaló a la azotea. Entonces el ruido de abajo se hizo más fuerte. Se dieron cuenta que la casa tenía dueño.

La casa de la vecina estaba lo suficientemente pegada a la nuestra como para pasar por su techo. Quitando el alambre que servía como frontera, cruzamos lo más silencioso posible a través del techo hasta llegar a su puerta.

Doña Carmen abrió. Tuvo que hacer a un lado, con gran ruido, todas las ollas y trastes para que pudieran pasar Claudia y mamá. Me parece haber visto a su hija durmiendo en el sofá, con un short lila que dejaba ver sus chamorros de mármol. Víctima de un impulso ajeno, regresé corriendo a la casa, pensando que mi deber era defender mi hogar.

Cuando volví, mamá estaba hecha una furia. Y Claudia tratando de tranquilizarla. Veloz como el rayo, mamá me soltó una cachetada.

– ¿Cómo se te ocurre? ¿Qué tal que te malmatan? Serás tonto. ¿Qué fuiste a hacer?

Frotaba mi cara para ocultar las lágrimas, avergonzado de que la hija de doña Carmen me viera llorando. Levanté la bolsa con las medicinas de mamá y agregué:

-También tiré las botellas de papá y oculté su llave. Por si se le ocurría venir a esta hora y con ladrones en casa.

 

Síguenos en nuestras redes sociales

  • facebook
  • White Instagram Icon
  • White YouTube Icon
  • White SoundCloud Icon
  • White Tumblr Icon
  • Twitter Clean

Conócenos

Eres el visitante número:

El cuentero © 2016

Creado con Wix.com
 

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now